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Un recuento de Centroamérica Cuenta

Haciendo un recuento de todo lo que viví en esta semana dedicada a la narrativa.

* Por Solange E. Saballos

Foto de: Archivos de #CAC15

No había ido antes al Centroamérica Cuenta. Me preguntaba si sería parecido, sólo que en prosa en vez de en verso, al carnavalesco Festival Internacional de Poesía de Granada. Me preguntaba si algún organizador me volvería a hacer mala cara, cara de “¿qué hacés aquí?” y me vería forzada a seguir asistiendo a escondidas, plan bajo perfil. Claro, eso es algo bastante absurdo: soy alta, no puedo pasar desapercibida por más que lo intente. Me pregunté si sería capaz de aguantar tanto trajín.

La cuestión es que dejé de pensar tantas pajas y fui. La primera actividad del CC fue el conversatorio Vive sin drogas, en donde Julián Herbert habló de sus manuales de cocaína y de cómo vendió a su madre mientras agonizaba. Criticó, con mucho tacto he de reconocer, al gobierno de México en su propia embajada en Nicaragua. Muchos de mis conocidos quedaron encantados con Julián. De hecho fui a su conversatorio por dos razones: la primera, por ser la primera actividad del CAC y segundo, porque Marcel Jaentschke, uno de esos jóvenes narradores errantes, tenía muchas ganas de saber cómo iba a estar y no podía asistir porque se encontraba fuera de Managua.

Al día siguiente me puse mi traje rojo y me fui a la inauguración de Centroamérica Cuenta, en la Alianza Francesa de Managua. Al entrar al teatro Bernard-Marie Koltès me sentí un poco agobiada por la cantidad de personas, camarógrafos y bulla en general que había en la sala. Esquivé a un par de edecanas que me queisieron obligar a sentarme, y me fui ahí, al frente, a escuchar el conversatorio hecho en homenaje a Charlie Hebdo.

Antes de dar inicio al conversatorio se dio a conocer que Jul, el caricaturista francés e invitado especial, no iba a poder llegar porque el gobierno de Nicaragua le había negada la entrada sin dar ninguna explicación. Esa acción fue como una cachetada para el lema de este año: Palabras en libertad, y quién sabe qué saña se trae entre manos en contra de los escritores. Basta recordar lo sucedido durante febrero en Granada, no me aburriré de repetirlo.

Fui feliz de saber por fin quién era El Alacrán, porque leía su suplemento desde niña, y disfrute mucho de decirle, cuando bajó de la mesa, que no le pesaba la boca para decir las cosas. No me dijo nada, sólo me pareció entre complacido y apenado, y me respondió con una sonora carcajada.

Después del pleito por Jul y de las declaraciones solidarizándose y lamentando su ausencia de Carlos Fernando Chamarro, de Antoine July, el embajador de Francia, y del propio Sergio Ramírez, se anunció al ganador del premio Carátula: el escritor nicaragüense José Adiak Montoya. Después los narradores y el público salieron de la sala a lanzarse unas copas. Estuvo tuani la inauguración, llenísima de gente, con un montón de palabras y conversaciones en el aire, en libertad. Allí conocí al fotógrafo de escritores, Daniel Mordzinski, quien me prometió un ron que me quedo debiendo, pero me recompensó con una linda anécdota de juventud y una foto, un día antes de irse. No pudo quedarse para la clausura. También le tomó una foto a Magdiel, que vino para acá el 22 de mayo, un día antes de la clausura.

Me pasé la semana de conversatorio en conversatorio. Escuchando, conociendo, viendo a los escritores y tratando de adivinar sus edades, cómo empezaron, cómo eran antes de tener sus nombres en portadas y que si de jóvenes caminaban igual que ahora. Los pequeños dioses, tejedores de mundos de palabras, estaban recreando en el plano real la magia literaria en su semana, dedicado a ellos, en una especie de Olimpo de los Narradores radicado en el ombligo de América.

No me puse a investigar sus perfiles porque quería ser sorprendida por sus palabras, a ver qué tenían que ofrecer. Así pasé de gira, anotando lo que me interesaba y obviando los trucos literarios de los que se querían hacer los interesantes. Tecnología y literatura, la libertad de expresión, la guerra y la censura, la autocensura… Los temas eran intensos, orientados a incitar el debate y cada escritor, aunque educada y protocolariamente esperaba su turno para hablar, hacía de las suyas cuando tomaba el micrófono. Buscaban sus argumentos más contundentes para convencer al público y hacerse de su simpatía.

Ahí anduve, fregando, conociendo gente y tratando de opinar en un par de conversatorios, aplaudiendo a rabiar cuando alguien del público hacía estremecer a la mesa de turno con acertados comentarios, y siguiendo cada momento en el que pude estar con una curiosidad cada vez más acuciosa, tomándome lo de Palabras en libertad en serio.

Ya para el último día del CAC estaba agotada, cansada, de mal humor y como con cuatro notas a redactar encima. Para colmo, había amanecido en un cuartito caluroso de un hostal granadino, y tenía que volver a Managua para entregar las tareas de la Universidad y de ahí, salir jalada para León. Tuve la suerte de que el director de teatro Mick Sarria me dio un buen raid desde Managua hasta León. De la UNAN me pasé llevando a mis amigos filólogos, Eddy y Jennisa.

Llegamos a la pequeña Alianza Francesa de León. El local estaba lleno. Llegamos a la mitad del conversatorio ‘La palabra y el diálogo constante entre culturas y civilizaciones’. Este no lo pude escuchar mucho, pero sí estuve pendiente del último, que trató sobre la nueva literatura centroamericana, sus tendencias e impacto en el exterior. Acá estuvieron Nathalie Peyrebonne, Werner Mackenbach, José Adiak Montoya, bien metido en su papel de iniciado, y Sergio Ramírez de moderador. No me dejaron hablar desde el público, y a Cristina Rossi le pareció tan injusto que me prometió leer todas mis notas sobre el CC.

Finalizando este conversatorio, se dio lugar al acto de clausura, en donde Sergio Ramírez agradeció a cada uno de los integrantes de su equipo: a Ulises Juárez Polanco, a Ulises Huete y a Madeline Mendieta, a los edecanes, al público en general, a los patrocinadores… A todo mundo pues. El brindis que hubo después fue uno de los más veloces en los que he estado. Los narradores ni se habían terminado de echar su trago cuando ya los estaban sacando a toda prisa para Managua. Ahí agarré raid con ellos y pude volver, agotadísima, a escribir estas y otras líneas sobre el III encuentro de narradores centroamericanos.

(*) Originalmente publicado en: republicadepapel.com/2015/05/29/recuento-centroamerica-cuenta/

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