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Minientrada

¡Vamos a Playa Gigante!

Aventuras de turismo local en Playa Gigante, Tola, Rivas: escuchamos al grupo Balance, la pasamos genial en Juntos Bar, nos quejamos abiertamente del comedor Quechita y disfrutamos la playa al máximo.

* Por Solange E. Saballos

Fotografía: Danilo Castañeda

El 28 de diciembre amanecí con una goma aceptable, en una tienda de campaña arenosa, muy cercana a la costa de Playa Gigante. Gracias al adelanto navideño de quincena la decisión que tomé fue la más sensata, sencilla y accesible: “Flaco, llamate a Marcelo y preguntale si la gira a Tola sigue en pie”.

Pocas horas después de la llamada definitiva nos encontrábamos rumbo a Playa Gigante, Tola, Rivas en un jeep Landrover del 73 donado por su padre. Íbamos con Pancho, vecino y amigo de Danilo, y cinco amiguitos de Marcelo Cruz, el inventor de la gira, todos menores de 20 años. Íbamos siete, con ganas de pasar una noche acampando, cocinando al fogón y tomando una botella de Extra Lite mientras esperábamos el amanecer en la costa. O ese era el simplón plan inicial por la escasez de presupuesto de parte de la mayoría de los viajeros.

  • Vida nocturna en Playa Gigante

Desde la costa silenciosa y oscura miraba las escenas desarrollándose dentro de los locales cercanos: gente riendo, en su mayoría extranjeros hablando inglés animosamente, con cervezas de compañía. Volví mis ojos a nuestra realidad: un montón de chavalos sin mucha idea de qué hacer o hacia dónde dirigirse.

Mientras Danilo instalaba la única tienda de campaña disponible y yo cocinaba pasta sobre leños ardientes, sin mucho entusiasmo, a mis oídos llegaron covers de Bob Marley, entre otras tonalidades de reggae, blues y salsa: provenían de unos músicos tocando en Juntos Bar, haciendo bailar a un montón de cheles sonrientes y a sus respectivos cheleros con tal ánimo que no me pude resignar a quedarme en el modesto campamento. Antes de decidirnos a entrar, me llevé a Danilo a dar una vuelta para analizar el área.

Llegamos al Comedor Quechita. Su propietaria, doña Quechita, aseguraba cocinar una excelente sopa marinera con pescado, langosta, consomé de camarón, papas, zanahorias y leche. Yo, amante de la comida, sucumbí ante el anzuelo, afirmando que regresaría al medio día siguiente a probar la famosa sopa, la que, según doña Quechita, llegaban a probar “hasta unos señores que vienen en unas grandes camionetas”. Nos entretuvimos un rato contándole a otra señora, doña Blanca, que andábamos de vacaciones, sin olvidar nuestra labor periodística, y fue grato descubrir que era la mamá de Dimas Cruz, un joven antropólogo originario de Tola que ahora se da el gusto de trabajar “en Guacalito de la Isla”, dijo orgullosamente su madre.

Al regresar al campamento encontramos a los chavalos aburridísimos, al punto que Pancho, nuestro amigo y uno de los mayores del grupo, decidió quedarse a dormir en una hamaca en vez de acompañarnos a la fiesta en Juntos Bar.

  • Ritmos playeros en Juntos Bar and Grill

Amenizando el bacanal con covers de los más variados géneros estaba Balance, grupo formado por Enot Martínez, fundador de la banda, en el teclado y voz principal; Gerson Martínez, su hermano, en los coros y percusión menor; Yuri Casanova Sáenz en las congas, y Julio Barbosa Pereira en la percusión.

Música en vivo Tola Rivas

Aunque el proyecto de la banda lleva alrededor de 10 años, la salida y entrada de miembros hasta lo que hoy es su agrupación actual lleva unos 4 años. Balance ha viajado a lo largo y ancho de todo el Pacífico, ofreciendo conciertos mayormente en eventos privados: “hay gente que nos escucha en algún concierto y luego nos contrata”, narró Enot.

Covers de bossanova, jazz, blues, salsa y reggae son comunes en el repertorio de la banda, y aunque Enot dice que tiene sus propios temas salseros, esta agrupación se decanta por las preferencias del público. “Tal vez en el futuro escuchen un álbum nuestro”, asegura Enot.

Enot y Gerson que son los únicos de su familia que se dedican a la música. Enot toca desde los 9 años. Él fue quien contagió a su hermano de su pasión. Encontraron su vocación musical en el camino. “Le di seguimiento y me encargue de hacer lo que quería. Ahora no tengo tiempo de hacer otra cosa más que esto”.

Música en vivo Tola Rivas

“Toda la gente es distinta, e igual todos quieren estar felices, con nosotros. Siempre damos ese toque: proponer diversidad. Porque no todo mundo es igual, vos sabés”, dice riéndose.

Nacionales y extranjeros bailaban felices en el ambiente fresco y relajado que procura mantener Juntos Bar and Grill. Este bar, bien cercano a la costa, es propiedad de Leslie e Iván Kieffer, dos canadienses que saben lo que los turistas andan buscando en su travesía playera: música, diversión, comida rica, amena compañía y buenos tragos.

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Los precios están establecidos para los turistas, pero eso no importa tanto: la inversión lo vale. Te vas a divertir si hay noche de concierto. Y si no hay concierto, bien te podés relajar con los tragos. Danilo y yo nos tomamos un trago de Fireball, un whisky de canela muy fuerte, e Iván tuvo la cortesía de invitarnos a un par de cervezas después de comentarle que estábamos vacacionando, y que no íbamos a dejar de mencionar el bar.

Cuando la botella de Extra Lite expiró, le siguieron algunas cervezas, pero creo que fue el trago de Fireball que me eché pensando en mi hermana allá en Alemania lo que acabó de picarme. Sonrientes y tambaleantes, nos fuimos a nuestro campamento  a caer como piedras.

  • Amanecer en Playa Gigante

“¡Danilo, despertáte! ¡Mirá el amanecer! ¡Toma fotos!”. Mi insistencia fue en balde: Danilo, preso de una tremenda goma, se negó a levantarse. Gruñendo, ni siquiera quiso abrir los ojos. Me aventuré a apreciar el amanecer sin él. Abrí la tienda de campaña y me fui a recorrer la playa sin mis anteojos.

A las 6:30 a.m. el cielo estaba despejado, teñido de violeta, cargado de bandadas de pájaros. Allá, sobre las aguas verdes y turquesas, se mecían los botes de pescadores. Caminé disfrutando del viento

Caminé hasta llegar a un establecimiento en donde me cobraron C$120 el desayuno. “Oeee, suave, soy nacional. ¿No me podés recomendar otro lado?”. El muchacho me recomendó el comedor Quechita, así que volví sobre mis pasos.

“¡Danilo, Danilooooo!”. Lo obligué a levantarse a buscar desayuno. Los chavalos se quedaron en la costa, recordando divertidos los sucesos de la noche anterior: Marcelo descubrió a los cheleros, nicas seductores que sólo buscan bailar -y muuuucho más- si y sólo si es con extranjeros; Ronaldo y Rodolfo, demasiado tímidos, se quedaron sentados durante toda la fiesta; Danilo intentó enseñarme a bailar salsa, y a Víctor una chela presa de lujuria alcohólica lo amohinó al bajarle el boxer mientras bailaban.

Acá una descripción videomusical de lo que es ‘ser chelero’:

Al llegar al comedor, doña Quechita aún no había despertado. Un desayuno de C$ 80 se convirtió en uno de C$ 50 gracias a mi cara, entrenada para solicitar rebajas. Fuimos a traer a la tropa.

Si pasamos esperando el tal desayuno más de media hora, fue poco. Cuando finalmente lo recibimos, este no fue el anunciado: era un poquito de huevos revueltos, algunos platanitos fritos, un pedazo pequeño de queso y bastante arroz sin atisbos de frijoles. Comimos porque en fin, con gran impaciencia de los muchachos, que se quejaron todo el rato. En uno de los platos se descubrió un trocito de cocha de huevo y en otro una espina de pescado. Obvié el desayuno con la esperanza de que la famosa sopa del almuerzo me hiciera olvidar su simpleza.

Muertos de hambre

Regresamos a la costa. Pasamos gran parte de la mañana jugando en el mar, cuyas aguas verdes y turquesas son cristales líquidos. Pancho se encontró una camisa, y a Marcelo le llegaron C$ 20 flotando en el mar. El agua de esta playa es tan agradable en temperatura y tan sereno su oleaje que me aventuré a tratar de nadar a pesar de mi miedo al agua.

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Pude nadar como perrito, flotar de espaldas con los ojos cerrados, disfrutar del intenso abrazo del sol que me dejó con un bronceado impecable.

En la arena de la playa correteamos, jugamos y enterramos a Marcelo, quien tuvo suerte otra vez: se encontró una cadena de plata enterrada.

Marcelo enterrado

Antes de que fuesen la hora de marcharnos, aún seguía empeñandome en no irme sin probar una sopa marinera a orillas de la mar.

  • Mi decepción sopera

Danilo describió la sopa de la siguiente manera:

Una sopa maggi con consomé de camarón -también maggi-, el pescado que era más espinas que otra cosa, una sóla hojita de culantro, ah, y el poquito de leche para darle color.

Cuando tuve la osadía de pedir arroz para complementar tan superflua sopa, doña Quechita me sirvió la raspa que había quedado del arroz que hizo para nuestro desayuno.

Eso fue, ni más ni menos, “una de las mejores sopas marineras de Gigante”. ¿El costo? Dos horas de mi vida desperdiciadas esperando que la preparara, y una cuenta de C$ 200. Le di C$ 100 por pura lástima. Juré vengarme cuando regresara a publicar. “Yo te dije, flaca, esa vieja hacía demasiadas muecas para vender”, sentenció Danilo.

Aún sigo deseando una verdadera sopa marinera, con todos los poderes.

Comedor Quechita_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando (4)
Ni se les ocurra ir al Comedor Quechita. Vieja estafa-cheles. Alaputaaa, ¿¡cuántas veces tengo que repetir que SOY NICA!? ¡Dejen de cobrarme caro y de intentar estafarme!

  • Las mejores playas del Pacífico están en Rivas

Rivas tiene las playas más hermosas del Pacífico nicaragüense, con los oleajes más apatecidos por los surfistas. Playa Gigante, a pesar de ser un punto turístico, no ha degenerado en desarrollar mucha delincuencia local, a como es común en zonas cercanas como San Juan del Sur.

El ambiente está cargado de energía, con nacionales y turistas en busca de diversión, habitaciones a tan sólo $ 20 y una incomparable belleza paisajística para los adoradores del sol, arena y mar gracias a sus aguas verdeazules y marea sosegada.

Qué San Juan del Sur ni que nada: vayan a Maderas, Marsella, Guacalito de la Isla y… ¡No olviden visitar Playa Gigante!

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