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Promesas de Apoyo (I)

Iniciamos el año quemando errores y solicitando valentía a la Laguna de Apoyo: contemplamos el anochecer en la laguna, conocimos a unas alemanas, entre otras aventuras alrededor de la visita a una casa abandonada por su dueño.

* Por Solange E. Saballos

Fotografía: Danilo Castañeda

Anocheció. Estábamos expectantes en la tranquilidad de la noche y el rumor de las aguas a ver si lograbamos ver fuegos pirotécnicos desde nuestra ubicación remota.

Habíamos llegado a Laguna de Apoyo con sendas mochilas, montados en una heroica moto que supo aguantar el accidentado camino, en parte pavimentado y el resto  pura tierra, hasta llegar a “la casa en la laguna de Danilo”. El viaje, previsto de manera modesta, tomó un giro inesperado cuando el destino azaroso y el infortunio de algún borracho dejó frente al portón y acera de mi casa 3,000 córdobas, momentos antes de decidirnos a ir. Nos fuimos en el viaje.

Llegamos al famoso triángulo de la Laguna a comprar pan, jalea y mantequilla para que el hambre no nos tomara desprevenidos. Danilo dominó el camino dificultoso y al llegar a la casa encontramos al papá del vigilante, bastante receloso.

“La casa en la laguna de Danilo” no era más que una propiedad comprada por al saber quién y abandonada de la misma forma. El vigilante era oriundo de la Laguna, y como el dueño del lugar aparecía pocas veces en escena, se echaba sus cien córdobas permitiendo a turistas locales y extranjeros acampar. “¿Te imaginás que un día venga el dueño y nos encuentre?”, era una pregunta bastante común, y divertida además, para los acampantes. Danilo conocía bien a Leonel, el vigilante: se había quedado un montón de veces con otro montón de gente. Así que no resultó difícil convencerlo. Le prestó un par de chalecos porque aún no sabemos nadar, y pasamos tranquilos flotando cerca de la costa.

Muelle_Laguna de Apoyo_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando (4)

Danilo se comunicó con Leonel por teléfono, quien prometió llegar poco antes de las doce de la noche. Una promesa que ni él mismo se creyó. Estábamos pasando un rato ameno, bien lejos de la sociedad, cuando de repente llegaron más acampantes. Era un grupo de muchachos de Masaya con un par de alemanas mochileras que apenas estaban aprendiendo español. Los cheleros se comunicaban con ellas en inglés. Sus nombres, muy latinos, eran Teresa y Francisca. Habían venido a América Latina después de ahorrar dos años. Teresa es trabajadora social y Francisca es enfermera. Venían bajando desde México y planeaban llegar hasta América del Sur mochileando. Se pusieron en contacto con los masayas a través de una aplicación llamada Coachsurfing. Esa tarde platicamos un poquito.

Muelle_Laguna de Apoyo_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando

Danilo y yo subimos a buscar comida. Yo aún seguía con la ilusión de la sopa marinera que me dejara defraudada en Playa Gigante. Al subir no comimos sopa, pero sí dimos con una casa que tenía en venta unos jugosos nacatamales que hasta con pelo de chancho salía la carne dentro de ellos. Costaron 40 cordóbas, y 10 córdobas cada taza de café presto que la señora se apuró en preparar al moreno dispuesto a pagar para complacer a la chela (nunca van a dejar de confundirme con gringa).

Regresamos. Los inesperados visitantes se habían retirado. La noche alunada era levemente perturbada por el oleaje repetitivo y algo agresivo de la laguna. Antes de dar las doce, le propuse a Danilo escribir en un papel todas las actitudes negativas de las que nos queríamos desprender en 2016. Cada uno escribió sus demonios en hojas distintas, las bañamos en ron y les prendimos fuego.

A lo lejos hacia el oeste pudimos apreciar los fuegos artificiales y la lejana algarabía anunciando el año nuevo…

Laguna de Apoyo_noche_Palmereando_Danilo Castañeda Fotografía

***

Despertamos acalorados en la casa de campaña. Al levantarnos buscamos la botella de ron y la caja mágica para supuestamente “hacer ejercicio” el primer día del año. Pero habíamos dormido mal a pesar del delgado sleeping, así que optamos por seguir dando sorbitos de ron caliente, fumar lo poco que quedaba y chapalear. En el muelle estaban los cheleros con las alemanas. Las muchachas contaron que habían visitado Managua el día anterior, y que habían regresado abastecidas. Sonreí a medias, conocía los lugares que mencionaron, mismos que había dejado de frecuentar por haberse convertido en reductos aburridísimos por su monotonía viciosa.

Salí del agua a buscar el pan con jalea que había dejado en una de las gradas. Desaparecido. Sospeché un momento de la gente, aunque no cabía la posibilidad que desearan degustar un pan con arena. Probablemente fueron los perros. Danilo estaba riéndose y dijo:

—Oe flaca, mirá, yo creo que esos majes no van a agarrar nada con las alemanas.

—¿Por qué decís?

—Porque se están besando.

Volví la vista: las muchachas estaban unidas, sentadas una frente a la otra, disfrutando de un prolongado beso ante la mirada impotente de los cheleros. Poco después, las alemanas se pusieron a hacer yoga en el desvencijado muelle. Quise acercarme a compartir, y mostrarles el libro de yoga que andaba, pero noté cierta incomodidad en el ambiente: Francisca le preguntaba a uno de los masayas qué tan lejos estaba el famoso triángulo y él respondía que a dos kilómetros aproximadamente. “¿How far is the triangulo?” me preguntó. Algo confundida, le respondí que el muchacho estaba en lo cierto, a unos dos kilómetros aproximadamente. Dicho esto, volvió la vista hacia él, él le dejó el número de su casa y se retiró con los otros dos dejando a las alemanas.

Empecé a hablar con ellas: “Hey, what happened with those guys?”. Francisca, algo incomóda y molesta, me explicó que los chavalos habían tratado de tocarlas y besarlas todo el tiempo que estuvieron juntos, y que como ellas no habían cedido y estaban juntas, les dijeron que eran odiosas, optando por retirarse. Les expliqué a ambas que eso era muy común aquí, que ellos eran unos cheleros buscando aventuras con ellas por ser chelas.

Costa_Laguna de Apoyo_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando

“What chela is? Is something bad?”, preguntó Teresa preocupada. Riéndome un montón, les expliqué el término. “But you’re chela too!”, respondió. Riéndome aún más le dije que sí, que estaba en lo cierto, pero que ‘chela’ era cualquier persona de piel clara, y que aunque yo era ‘chela’ no era víctima de los cheleros porque pronto descubrían que era paisana y perdían interés. Las muchachas se confundieron aún más, pero entendieron. “Is ‘cause here you’re exotic”. Francisca cayó en cuenta del asunto al recordar el acoso de un hombre en Metrocentro, quedando ambas sorprendidas y extrañadas de la fascinación por ellas sencillamente por ser extranjeras.

(Continuará…)

 

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