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El anti-narcotraficante, un cuento sobre drogas del mar

“Por un chingastito más, por un chingastito más” – Danilo Norori

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Un cuento sobre drogas del mar

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Glen había pasado un arduo día de trabajo. El sol había dejado marcas ardientes sobre su piel oscura, salobre por las olas, y la pesca no había resultado como esperaba: entre pequeños pescados, camarones chiquititos y una medusa intrusa, había apenas recogido 2 libras de frutos marinos.

Miró, asolado, hacia el inmenso océano como si deseara dedicarle una plegaria con la mirada. Paseaba los ojos sobre la superficie, cuando repentinamente vio varios rectángulos blancos sumergiéndose. Sin dudarlo un segundo, dirigió la proa hacia estos antes de que el mar terminara de tragárselos.

Glen sabía que eran grandes barcos colombianos los que, al verse perseguidos, liberaban kilos y kilos de su comprometedora carga que a veces se hundía sin remedio, pero a veces aparecía barras entre las redes de algún pescador.

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Efectos de la cocaína

 

Cuando pudo sacar kilos y kilos a la superficie se dio cuenta que tenía lo suficiente para dejar de trabajar de pescador, mudarse a alguna ciudad lejana y darse la gran vida de un narco en ciernes.

En su comunidad no era extraño que aparecieran voceros compatriotas de los poderosos narcos colombianos. Esos prometían riquezas a cambio de que los jóvenes se aliaran a ellos en la venta de droga. Muchachas bonitas se les ofrecían por unas cuantas rayas y billetes.

 

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¿Qué es el narcotráfico?

Sin embargo, Glen sabía lo que estos polvos causaban en la población caribeña: los adolescentes e incluso niños dejaban los estudios por meterse a una vida de excesos, en la cual terminaban por ser jóvenes de figura esmirriada que eran capaces de cualquier acto delincuencial con tal de procurarse otra raya, o bien, unas pocas piedras de crack.

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Efectos del crack

Por otra parte, no todos los pescadores eran tan considerados como Glen. Iban a las escuelas de los pequeños a ofrecerles bolsas de coca colombiana hasta convencerlos. No era tarea difícil con la juventud que tenía problemas en casa, y como era una comunidad pequeña los vecinos conocían los asuntos de los otros igual de bien que los propios. Identificar muchachitos vulnerables era sencillísimo. Algunos pescadores, más visionarios, conseguían establecerse en el turbio negocio del narcotráfico y formar redes de vendedores-clientes que se ramificaban a lo largo de las costas e incluso más allá de las áreas marinas limítrofes.

Glen conocía muy bien la coca, la había probado. Al principio fue por curiosidad, y luego la usó porque sentía que lo llenaba de energía para soportar las duras faenas del mar, luchando entre las olas para llevar sustento a su hogar. Aunque se sentía energizado luego se daba cuenta que le costaba conciliar el sueño por las noches, que la coca era cada vez más cara y que le dolía el pecho. La dejó una tarde que sufrió un infarto que casi deja sin sustento a su madre y hermanos pequeños.

Pero había muchos otros que se enganchaban y se volvían el azote de su barrio, robando hasta a sus propios familiares, amenazando a los vecinos y aterrorizando por las noches a los turistas cuando estos se negaban a darles limosna.

Glen dudó. Sus hermanos pronto necesitarían ir a la escuela, su mamá padecía asma y cada día le costaba respirar más sin los medicamentos necesarios. Su diminuta casa de 2 cuartos los hacía sentir hacinados y para colmo había una joven que le interesaba, pero no quería ofrecerle una vida de pobreza.

Glen suspiró. Lentamente dejó caer la red de la fortuna como ofrenda al mar. Giró hacia las costas. El horizonte del atardecer era rosado, morado, naranja… Alzó su mirada al cielo. Mañana sería un gran día de pesca, pues tenía la conciencia tranquila y el porvenir lleno de esperanzas.

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Importancia de prevenir el tráfico ilícito desde las comunidades.

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Los medios jóvenes dialogamos

Managua furiosa, Altanto, DaleClic y Palmereando compartimos nuestra experiencias sobre periodismo cultural digital, gestión cultural y experimentos en un conversatorio nada protocolario.

* Por Solange E. Saballos

Foto por: No hay, no tuvimos cobertura. Nadie se acordó de sacar la cámara.

Por estar pensando que somos bien geniales
cuando en realidad somos unos bacanales y es que
yo soy como todos los demás son.

Yo soy, de Milly Majuc

Han pasado como tres semanas desde que realizamos el conversatorio ‘Jóvenes haciendo cultura en la web’. Si he dejado pasar el tiempo no ha sido por pereza o porque considere que esta reunión no sea digna de ser relatada. No, sino que entre tantos festivales, eventos, buscar ingresos ($) y mi propia vida, quería darme un chance de reflexionar acerca de este boom de medios culturales digitales, todos protagonizados por líderes jóvenes y cuya fe en que la cultura puede mejorar la sociedad es lo que los sigue empujando a realizar esta quijotesca, difícil e inmensa tarea.

Aquel viernes 7 de agosto, en el marco del IV Festival Literatura UCA, nos congregamos en la sala Lizandro Chávez Alfaro cuatro medios jóvenes que hemos irrumpido fuertemente en el panorama periodístico cultural digital a partir de 2014: estaban Ernesto Valle Moreno, Fátima Villalta y José Medina, los que te mantienen Altanto; estaban Greta Cisne y Francisco A. Soza en nombre de Managua Furiosa, el sitio web cultural más popular; estaban Vanessa Martínez y Leslie Ramos, orgullosas de su DaleClic; y estaba yo, la bloguera llanera solitaria, el ejército de una mujer que dirige su propio blog sobre periodismo cultural independiente.

Al iniciar el conversatorio estábamos un poco confundidos. El ansiado público no llegó del todo; no teníamos nuestras respectivas copas de agua por si nos cansábamos de hablar; Rodrigo González, el director de Cultura UCA, no pudo acompañarnos por razones de fuerza mayor, y no teníamos la más mínima idea de a quién le tocaba moderar la mesa. Ernesto Valle pareció la persona más indicada por unanimidad de miradas, así que se hizo del micrófono para presentar la mesa y a cada uno de nosotros.

Aunque tratamos de parecer profesionales y aguantarnos al compañero de al lado, la verdad es que, en algunos momentos, al diablito de la controversia le gusta afilar su tridente en mi lengua: al escuchar asegurar a Fátima Villalta de que en Altanto hacen periodismo gonzo, no pude aguantarme las ganas de recordar quién fue el gran Hunter S. Thompson: un Doctor en periodismo iconoclasta, contracorriente y drogadicto. Y yo, una de sus más fieles pupilas por esas razones y muchas otras. Fátima me contestó un tanto áspera, de que no hay porqué seguir “un manual” para hacer periodismo, y a pesar de la blasfemia hacia el maestro, no pude dejar de darle la razón.

“Bueno, la próxima vez que quiera escribir un reportaje, me voy a meter un ácido”, dijo José Medina sarcástico. “Pues deberías, ¡es rico!”, repliqué burlona. Fue Ernesto el que nos llamó la atención y nos mandó a recuperar la compostura, recordando que se trataba de un conversatorio sobre cultura en la web, no un debate sobre la legalización de las drogas. Por ahí los Altanto anunciaron su antología, Morir soñando, para que le echen un ojo.

Volvimos al tema principal, y mientras Greta o Francisco volvían a hablar de los proyectos de Managua Furiosa y de su necesidad de financiamiento, yo platicaba con Leslie Ramos acerca de las posibilidades de colaborar con DaleClic. “Pero no tenemos dinero”, me dijo Vanessa haciendo puchero. “Eso no importa: yo tampoco”, le dije. Y así fue como amarramos, con público presente, una futura alianza que espero se cumpla. En ese instante noté que los comunicadores sociales que están saliendo o han salido de la UCA se están distinguiendo por su emprendedurismo.

Hubo un momento en que ya no soportaba las urgencias de ir a orinar, y fue precisamente cuando la poeta y periodista Carola Brantome nos felicitaba por nuestra iniciativa, nos instaba a que no hagamos caso a los adultos, a que sigamos nuestra estrella y nos extendía una invitación al Centro Cultural Guanuca en Matagalpa. Le aseguré gustosa que iría si me daban transporte, comida y dónde dormir antes de correr al baño.

Al regresar Ernesto le había concedido la palabra al público, y yo di como tres respuestas que no eran las adecuadas a una pregunta que no escuché, pero que de todos modos iban acorde al tema.

En algún punto dije que a veces elaboro mi agenda luego de consultar alguno de estos tres medios, a los que les doy activo seguimiento. Más que ponerse a comparar, fue agradable descubrir que nuestras diferencias son muros fuertes en los que bien nos podríamos apoyar los unos a los otros, y quien sabe si hasta podríamos inventar nuestro movimiento pro periodismo cultural digital, bien lejos de las limitaciones y el adultismo imperante en el periodismo tradicional.

“Yo hago esto porque quiero cambiar al mundo”, dijo Francisco A. Soza en un arranque de idealismo que nos conmovió a todos. Sonreímos contentos, pues a fin de cuentas es lo que sentimos los que tratamos de apoyar las expresiones artístico-culturales en la sociedad.

Seguimos dialogando con el público, la mayoría estudiantes de Comunicación Social de la UCA y miembros del equipo Cultura UCA. Ya cuando nos aburrimos de responder, le hicimos muecas a Ernesto para que diera por finalizado el conversatorio, nos despedimos alegremente con unos aplausos e hicimos anuncios de lo que estaba por venir en cada medio antes de dirigirnos al Bar El Panal a fortalecer vínculos laborales.

Bueno, quede pendiente de colaborarle a DaleClic y de continuar mi debate sobre periodismo gonzo con Fátima. Y, a todo esto, ¿cuándo nos volvemos a reunir? A Greta le entusiasmó la idea. Para la próxima hay que invitar a Nicaragua indie también.

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