Hojeadas de arte, cultura y educación

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El arte de la Luna Azul

Luna Azul es una tienda de arte, artesanías y productos varios creada por la joven empresaria Alba Membreño.

*Por Solange E. Saballos
Fotografía: Danilo Castañeda

Al transitar por una cuadra alterna a la calle principal -que continúa hacia la rotonda Rubén Darío-, la imagen que acude a nuestra mente es la de Metrocentro, los bares,  librerías o cafeterías cercanas. Pero esta pequeña cuadra oculta un secreto: una pequeña y linda tienda donde el arte, la naturaleza y la comida tientan desde una pizarra escrita y adornada por tizas de colores anunciando los productos de una Luna Azul.

Entré, seducida por los alegres colores de la pizarra. Dentro de la estancia no sabía dónde detener la mirada: aceites, esencias, jabones, otra pizarra más grande con un menú, accesorios hechos a mano o de películas… Y recién abierta.

Luna Azul exterior_Danilo Castaneda Fotografía_Palmerando

Luna Azul es una tienda especializada en elaboración y distribución de arte, artesanías, cosméticos naturales, comida, entre otros, que abrió hace pocos meses, exactamente el 4 de noviembre de 2015. Alba Membreño, empresaria creativa, cuenta con modestia que ha sido “un sueño desde hace muchos años atrás”.

El sueño inició cuando Alba comenzó a diseñar aretes, motivada por el trabajo de otros artesanos: “lo veía por todas partes”. 

 

  • Cuando la luna se tiño de azul

“Tenía una luna hecha de poroplás que había hecho para la Iglesia y había guardado durante años. La saqué porque necesitaba un material donde guindar mis aretes. Se miraba muy bonita, y fue esa luna la que me inspiró a hacer más aretes. Empecé a buscar un nombre”.

Como ya tenía el nombre de ´Luna´ por ser esta su portaretes, decidió ponerle ´Azul´ para que rimara. Su gusto por los atardeceres coincidió plenamente con el nombre escogido: “la mayor parte del tiempo hacia las cosas por los atardeceres. Desde el segundo piso de mi casa tengo vista de toda Managua. El paisaje me inspira, cada vez que hay luna puedo ver sus distintas fases”.

‘Luna azul’ era la marca con la que inicialmente vendía sus aretes, a escondidas, a manera de contrabando en el call center donde solía trabajar. Sus colegas gustaban de su trabajo, por lo que vendía y se dedicaba a seguir creando. La idea de dedicarse a su propio negocio se hacía cada vez más fuerte.

Su madre, al igual que ella, tenía planes de poner un negocio. Así que se encargó de buscar el local y “de la noche a la mañana me dijo ‘aquí nomás lo hacemos’”. Para diferenciar a la tienda de su línea de aretes tuvo que cambiarles el nombre, de modo que ahora los comercia como ‘Boho art’. Son hechos de alpaca y piedras semipreciosas.

Luna Azul_Boho art_Danilo Castaneda Fotografía_Palmerando

 

  • Distribuidora de artesanos

El amor por el arte y el trabajo manual, su sentido común y su gran generosidad llevaron a Alba a reflexionar acerca de cómo convertir su negocio en un espacio abierto para otros creadores.

Como era consciente de que los aretes no se venderían diario, se le ocurrió invitar artesanos a ofrecer sus productos en la tienda. “La idea fue esta: ya que aquí vamos a tener una tienda, evidentemente no voy a vender los aretes diario. Mi mamá conocía a una muchacha que hacía jabones artesanales, y que no tenía tienda donde venderlos, entonces me dije ´puedo empezar a apoyar el arte nicaragüense, cosas que casi no se hallan y empezar a ofrecerlo´”.

Luna Azul jabones_Danilo Castaneda Fotografía_Palmerando

Alba señala que se preocupa por apoyar y ser fiel a los artesanos con los que tiene acuerdos, exhibiendo sus artículos exclusivamente, es decir, que si otro artesano quiere ofrecer sus productos en Luna Azul, deben de ser distintos a los que ya tenga en la tienda.

 

  • Comida, bebidas, artesanías, accesorios, camisetas, pinturas… De todo un poco.

Luna Azul es una tienda que compensa sus pequeños metros cuadrados gracias a la cantidad de objetos y el mejor servicio al cliente que ofrece. Vayan a darse una vuelta a la Luna Azul y prueben de todo un poco… Aunque quedás con ganas de montones. Alba y su simpática sonrisa les ofrecerán un excelente servicio, lleno de amabilidad y calidez.

Al juicio de Palmereando, Luna Azul es una tienda hecha por artistas y para artistas, creada por Alba Membreño como aporte al desarrollo de emprendedores creativos. Esperamos que continúe recibiendo buenas vibras y clientes que se dejen seducir por lo nuestro.

Alba Membreño_Luna Azul_Danilo Castaneda Fotografía_Palmerando

“Esto es lo que yo quiero, el arte. Esto es lo que más me gusta”, enfantiza Alba.

Luna Azul está ubicada de la rotonda Rubén Darío 1 cuadra al sur dos cuadras abajo, frente a librería San Pablo.

Luna Azul en Facebook

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Promesas de Apoyo (I)

Iniciamos el año quemando errores y solicitando valentía a la Laguna de Apoyo: contemplamos el anochecer en la laguna, conocimos a unas alemanas, entre otras aventuras alrededor de la visita a una casa abandonada por su dueño.

* Por Solange E. Saballos

Fotografía: Danilo Castañeda

Anocheció. Estábamos expectantes en la tranquilidad de la noche y el rumor de las aguas a ver si lograbamos ver fuegos pirotécnicos desde nuestra ubicación remota.

Habíamos llegado a Laguna de Apoyo con sendas mochilas, montados en una heroica moto que supo aguantar el accidentado camino, en parte pavimentado y el resto  pura tierra, hasta llegar a “la casa en la laguna de Danilo”. El viaje, previsto de manera modesta, tomó un giro inesperado cuando el destino azaroso y el infortunio de algún borracho dejó frente al portón y acera de mi casa 3,000 córdobas, momentos antes de decidirnos a ir. Nos fuimos en el viaje.

Llegamos al famoso triángulo de la Laguna a comprar pan, jalea y mantequilla para que el hambre no nos tomara desprevenidos. Danilo dominó el camino dificultoso y al llegar a la casa encontramos al papá del vigilante, bastante receloso.

“La casa en la laguna de Danilo” no era más que una propiedad comprada por al saber quién y abandonada de la misma forma. El vigilante era oriundo de la Laguna, y como el dueño del lugar aparecía pocas veces en escena, se echaba sus cien córdobas permitiendo a turistas locales y extranjeros acampar. “¿Te imaginás que un día venga el dueño y nos encuentre?”, era una pregunta bastante común, y divertida además, para los acampantes. Danilo conocía bien a Leonel, el vigilante: se había quedado un montón de veces con otro montón de gente. Así que no resultó difícil convencerlo. Le prestó un par de chalecos porque aún no sabemos nadar, y pasamos tranquilos flotando cerca de la costa.

Muelle_Laguna de Apoyo_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando (4)

Danilo se comunicó con Leonel por teléfono, quien prometió llegar poco antes de las doce de la noche. Una promesa que ni él mismo se creyó. Estábamos pasando un rato ameno, bien lejos de la sociedad, cuando de repente llegaron más acampantes. Era un grupo de muchachos de Masaya con un par de alemanas mochileras que apenas estaban aprendiendo español. Los cheleros se comunicaban con ellas en inglés. Sus nombres, muy latinos, eran Teresa y Francisca. Habían venido a América Latina después de ahorrar dos años. Teresa es trabajadora social y Francisca es enfermera. Venían bajando desde México y planeaban llegar hasta América del Sur mochileando. Se pusieron en contacto con los masayas a través de una aplicación llamada Coachsurfing. Esa tarde platicamos un poquito.

Muelle_Laguna de Apoyo_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando

Danilo y yo subimos a buscar comida. Yo aún seguía con la ilusión de la sopa marinera que me dejara defraudada en Playa Gigante. Al subir no comimos sopa, pero sí dimos con una casa que tenía en venta unos jugosos nacatamales que hasta con pelo de chancho salía la carne dentro de ellos. Costaron 40 cordóbas, y 10 córdobas cada taza de café presto que la señora se apuró en preparar al moreno dispuesto a pagar para complacer a la chela (nunca van a dejar de confundirme con gringa).

Regresamos. Los inesperados visitantes se habían retirado. La noche alunada era levemente perturbada por el oleaje repetitivo y algo agresivo de la laguna. Antes de dar las doce, le propuse a Danilo escribir en un papel todas las actitudes negativas de las que nos queríamos desprender en 2016. Cada uno escribió sus demonios en hojas distintas, las bañamos en ron y les prendimos fuego.

A lo lejos hacia el oeste pudimos apreciar los fuegos artificiales y la lejana algarabía anunciando el año nuevo…

Laguna de Apoyo_noche_Palmereando_Danilo Castañeda Fotografía

***

Despertamos acalorados en la casa de campaña. Al levantarnos buscamos la botella de ron y la caja mágica para supuestamente “hacer ejercicio” el primer día del año. Pero habíamos dormido mal a pesar del delgado sleeping, así que optamos por seguir dando sorbitos de ron caliente, fumar lo poco que quedaba y chapalear. En el muelle estaban los cheleros con las alemanas. Las muchachas contaron que habían visitado Managua el día anterior, y que habían regresado abastecidas. Sonreí a medias, conocía los lugares que mencionaron, mismos que había dejado de frecuentar por haberse convertido en reductos aburridísimos por su monotonía viciosa.

Salí del agua a buscar el pan con jalea que había dejado en una de las gradas. Desaparecido. Sospeché un momento de la gente, aunque no cabía la posibilidad que desearan degustar un pan con arena. Probablemente fueron los perros. Danilo estaba riéndose y dijo:

—Oe flaca, mirá, yo creo que esos majes no van a agarrar nada con las alemanas.

—¿Por qué decís?

—Porque se están besando.

Volví la vista: las muchachas estaban unidas, sentadas una frente a la otra, disfrutando de un prolongado beso ante la mirada impotente de los cheleros. Poco después, las alemanas se pusieron a hacer yoga en el desvencijado muelle. Quise acercarme a compartir, y mostrarles el libro de yoga que andaba, pero noté cierta incomodidad en el ambiente: Francisca le preguntaba a uno de los masayas qué tan lejos estaba el famoso triángulo y él respondía que a dos kilómetros aproximadamente. “¿How far is the triangulo?” me preguntó. Algo confundida, le respondí que el muchacho estaba en lo cierto, a unos dos kilómetros aproximadamente. Dicho esto, volvió la vista hacia él, él le dejó el número de su casa y se retiró con los otros dos dejando a las alemanas.

Empecé a hablar con ellas: “Hey, what happened with those guys?”. Francisca, algo incomóda y molesta, me explicó que los chavalos habían tratado de tocarlas y besarlas todo el tiempo que estuvieron juntos, y que como ellas no habían cedido y estaban juntas, les dijeron que eran odiosas, optando por retirarse. Les expliqué a ambas que eso era muy común aquí, que ellos eran unos cheleros buscando aventuras con ellas por ser chelas.

Costa_Laguna de Apoyo_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando

“What chela is? Is something bad?”, preguntó Teresa preocupada. Riéndome un montón, les expliqué el término. “But you’re chela too!”, respondió. Riéndome aún más le dije que sí, que estaba en lo cierto, pero que ‘chela’ era cualquier persona de piel clara, y que aunque yo era ‘chela’ no era víctima de los cheleros porque pronto descubrían que era paisana y perdían interés. Las muchachas se confundieron aún más, pero entendieron. “Is ‘cause here you’re exotic”. Francisca cayó en cuenta del asunto al recordar el acoso de un hombre en Metrocentro, quedando ambas sorprendidas y extrañadas de la fascinación por ellas sencillamente por ser extranjeras.

(Continuará…)

 

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[Galería] Mi sueño de Solentiname

Mi sueño de Solentiname es una crónica de cuatro entregas publicada en ‘La mera Palmera’, mi columna en Casi literal, revista literaria centroamericana. Pueden leerla aquí.

Fotografía: Solange E. Saballos
Edición fotográfica: Danilo Castañeda

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¡Vamos a Playa Gigante!

Aventuras de turismo local en Playa Gigante, Tola, Rivas: escuchamos al grupo Balance, la pasamos genial en Juntos Bar, nos quejamos abiertamente del comedor Quechita y disfrutamos la playa al máximo.

* Por Solange E. Saballos

Fotografía: Danilo Castañeda

El 28 de diciembre amanecí con una goma aceptable, en una tienda de campaña arenosa, muy cercana a la costa de Playa Gigante. Gracias al adelanto navideño de quincena la decisión que tomé fue la más sensata, sencilla y accesible: “Flaco, llamate a Marcelo y preguntale si la gira a Tola sigue en pie”.

Pocas horas después de la llamada definitiva nos encontrábamos rumbo a Playa Gigante, Tola, Rivas en un jeep Landrover del 73 donado por su padre. Íbamos con Pancho, vecino y amigo de Danilo, y cinco amiguitos de Marcelo Cruz, el inventor de la gira, todos menores de 20 años. Íbamos siete, con ganas de pasar una noche acampando, cocinando al fogón y tomando una botella de Extra Lite mientras esperábamos el amanecer en la costa. O ese era el simplón plan inicial por la escasez de presupuesto de parte de la mayoría de los viajeros.

  • Vida nocturna en Playa Gigante

Desde la costa silenciosa y oscura miraba las escenas desarrollándose dentro de los locales cercanos: gente riendo, en su mayoría extranjeros hablando inglés animosamente, con cervezas de compañía. Volví mis ojos a nuestra realidad: un montón de chavalos sin mucha idea de qué hacer o hacia dónde dirigirse.

Mientras Danilo instalaba la única tienda de campaña disponible y yo cocinaba pasta sobre leños ardientes, sin mucho entusiasmo, a mis oídos llegaron covers de Bob Marley, entre otras tonalidades de reggae, blues y salsa: provenían de unos músicos tocando en Juntos Bar, haciendo bailar a un montón de cheles sonrientes y a sus respectivos cheleros con tal ánimo que no me pude resignar a quedarme en el modesto campamento. Antes de decidirnos a entrar, me llevé a Danilo a dar una vuelta para analizar el área.

Llegamos al Comedor Quechita. Su propietaria, doña Quechita, aseguraba cocinar una excelente sopa marinera con pescado, langosta, consomé de camarón, papas, zanahorias y leche. Yo, amante de la comida, sucumbí ante el anzuelo, afirmando que regresaría al medio día siguiente a probar la famosa sopa, la que, según doña Quechita, llegaban a probar “hasta unos señores que vienen en unas grandes camionetas”. Nos entretuvimos un rato contándole a otra señora, doña Blanca, que andábamos de vacaciones, sin olvidar nuestra labor periodística, y fue grato descubrir que era la mamá de Dimas Cruz, un joven antropólogo originario de Tola que ahora se da el gusto de trabajar “en Guacalito de la Isla”, dijo orgullosamente su madre.

Al regresar al campamento encontramos a los chavalos aburridísimos, al punto que Pancho, nuestro amigo y uno de los mayores del grupo, decidió quedarse a dormir en una hamaca en vez de acompañarnos a la fiesta en Juntos Bar.

  • Ritmos playeros en Juntos Bar and Grill

Amenizando el bacanal con covers de los más variados géneros estaba Balance, grupo formado por Enot Martínez, fundador de la banda, en el teclado y voz principal; Gerson Martínez, su hermano, en los coros y percusión menor; Yuri Casanova Sáenz en las congas, y Julio Barbosa Pereira en la percusión.

Música en vivo Tola Rivas

Aunque el proyecto de la banda lleva alrededor de 10 años, la salida y entrada de miembros hasta lo que hoy es su agrupación actual lleva unos 4 años. Balance ha viajado a lo largo y ancho de todo el Pacífico, ofreciendo conciertos mayormente en eventos privados: “hay gente que nos escucha en algún concierto y luego nos contrata”, narró Enot.

Covers de bossanova, jazz, blues, salsa y reggae son comunes en el repertorio de la banda, y aunque Enot dice que tiene sus propios temas salseros, esta agrupación se decanta por las preferencias del público. “Tal vez en el futuro escuchen un álbum nuestro”, asegura Enot.

Enot y Gerson que son los únicos de su familia que se dedican a la música. Enot toca desde los 9 años. Él fue quien contagió a su hermano de su pasión. Encontraron su vocación musical en el camino. “Le di seguimiento y me encargue de hacer lo que quería. Ahora no tengo tiempo de hacer otra cosa más que esto”.

Música en vivo Tola Rivas

“Toda la gente es distinta, e igual todos quieren estar felices, con nosotros. Siempre damos ese toque: proponer diversidad. Porque no todo mundo es igual, vos sabés”, dice riéndose.

Nacionales y extranjeros bailaban felices en el ambiente fresco y relajado que procura mantener Juntos Bar and Grill. Este bar, bien cercano a la costa, es propiedad de Leslie e Iván Kieffer, dos canadienses que saben lo que los turistas andan buscando en su travesía playera: música, diversión, comida rica, amena compañía y buenos tragos.

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Los precios están establecidos para los turistas, pero eso no importa tanto: la inversión lo vale. Te vas a divertir si hay noche de concierto. Y si no hay concierto, bien te podés relajar con los tragos. Danilo y yo nos tomamos un trago de Fireball, un whisky de canela muy fuerte, e Iván tuvo la cortesía de invitarnos a un par de cervezas después de comentarle que estábamos vacacionando, y que no íbamos a dejar de mencionar el bar.

Cuando la botella de Extra Lite expiró, le siguieron algunas cervezas, pero creo que fue el trago de Fireball que me eché pensando en mi hermana allá en Alemania lo que acabó de picarme. Sonrientes y tambaleantes, nos fuimos a nuestro campamento  a caer como piedras.

  • Amanecer en Playa Gigante

“¡Danilo, despertáte! ¡Mirá el amanecer! ¡Toma fotos!”. Mi insistencia fue en balde: Danilo, preso de una tremenda goma, se negó a levantarse. Gruñendo, ni siquiera quiso abrir los ojos. Me aventuré a apreciar el amanecer sin él. Abrí la tienda de campaña y me fui a recorrer la playa sin mis anteojos.

A las 6:30 a.m. el cielo estaba despejado, teñido de violeta, cargado de bandadas de pájaros. Allá, sobre las aguas verdes y turquesas, se mecían los botes de pescadores. Caminé disfrutando del viento

Caminé hasta llegar a un establecimiento en donde me cobraron C$120 el desayuno. “Oeee, suave, soy nacional. ¿No me podés recomendar otro lado?”. El muchacho me recomendó el comedor Quechita, así que volví sobre mis pasos.

“¡Danilo, Danilooooo!”. Lo obligué a levantarse a buscar desayuno. Los chavalos se quedaron en la costa, recordando divertidos los sucesos de la noche anterior: Marcelo descubrió a los cheleros, nicas seductores que sólo buscan bailar -y muuuucho más- si y sólo si es con extranjeros; Ronaldo y Rodolfo, demasiado tímidos, se quedaron sentados durante toda la fiesta; Danilo intentó enseñarme a bailar salsa, y a Víctor una chela presa de lujuria alcohólica lo amohinó al bajarle el boxer mientras bailaban.

Acá una descripción videomusical de lo que es ‘ser chelero’:

Al llegar al comedor, doña Quechita aún no había despertado. Un desayuno de C$ 80 se convirtió en uno de C$ 50 gracias a mi cara, entrenada para solicitar rebajas. Fuimos a traer a la tropa.

Si pasamos esperando el tal desayuno más de media hora, fue poco. Cuando finalmente lo recibimos, este no fue el anunciado: era un poquito de huevos revueltos, algunos platanitos fritos, un pedazo pequeño de queso y bastante arroz sin atisbos de frijoles. Comimos porque en fin, con gran impaciencia de los muchachos, que se quejaron todo el rato. En uno de los platos se descubrió un trocito de cocha de huevo y en otro una espina de pescado. Obvié el desayuno con la esperanza de que la famosa sopa del almuerzo me hiciera olvidar su simpleza.

Muertos de hambre

Regresamos a la costa. Pasamos gran parte de la mañana jugando en el mar, cuyas aguas verdes y turquesas son cristales líquidos. Pancho se encontró una camisa, y a Marcelo le llegaron C$ 20 flotando en el mar. El agua de esta playa es tan agradable en temperatura y tan sereno su oleaje que me aventuré a tratar de nadar a pesar de mi miedo al agua.

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Pude nadar como perrito, flotar de espaldas con los ojos cerrados, disfrutar del intenso abrazo del sol que me dejó con un bronceado impecable.

En la arena de la playa correteamos, jugamos y enterramos a Marcelo, quien tuvo suerte otra vez: se encontró una cadena de plata enterrada.

Marcelo enterrado

Antes de que fuesen la hora de marcharnos, aún seguía empeñandome en no irme sin probar una sopa marinera a orillas de la mar.

  • Mi decepción sopera

Danilo describió la sopa de la siguiente manera:

Una sopa maggi con consomé de camarón -también maggi-, el pescado que era más espinas que otra cosa, una sóla hojita de culantro, ah, y el poquito de leche para darle color.

Cuando tuve la osadía de pedir arroz para complementar tan superflua sopa, doña Quechita me sirvió la raspa que había quedado del arroz que hizo para nuestro desayuno.

Eso fue, ni más ni menos, “una de las mejores sopas marineras de Gigante”. ¿El costo? Dos horas de mi vida desperdiciadas esperando que la preparara, y una cuenta de C$ 200. Le di C$ 100 por pura lástima. Juré vengarme cuando regresara a publicar. “Yo te dije, flaca, esa vieja hacía demasiadas muecas para vender”, sentenció Danilo.

Aún sigo deseando una verdadera sopa marinera, con todos los poderes.

Comedor Quechita_Danilo Castañeda Fotografía_Palmereando (4)
Ni se les ocurra ir al Comedor Quechita. Vieja estafa-cheles. Alaputaaa, ¿¡cuántas veces tengo que repetir que SOY NICA!? ¡Dejen de cobrarme caro y de intentar estafarme!

  • Las mejores playas del Pacífico están en Rivas

Rivas tiene las playas más hermosas del Pacífico nicaragüense, con los oleajes más apatecidos por los surfistas. Playa Gigante, a pesar de ser un punto turístico, no ha degenerado en desarrollar mucha delincuencia local, a como es común en zonas cercanas como San Juan del Sur.

El ambiente está cargado de energía, con nacionales y turistas en busca de diversión, habitaciones a tan sólo $ 20 y una incomparable belleza paisajística para los adoradores del sol, arena y mar gracias a sus aguas verdeazules y marea sosegada.

Qué San Juan del Sur ni que nada: vayan a Maderas, Marsella, Guacalito de la Isla y… ¡No olviden visitar Playa Gigante!

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